—Esa es mi abuela —susurró Elena.
El puente crujió. No de manera metafórica, sino real, física, como si las piedras decidieran reordenarse en otra configuración. Elena sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo. El hombre sonrió con una tristeza infinita.
—Todo lo que se ha perdido —respondió él, doblando el papel con parsimonia— regresa al puente que lo vio cruzar. Yo solo devuelvo lo que me prestaron.
—Perdone —dijo Elena, y su voz sonó más ronca de lo que recordaba—. Ese periódico… no puede ser original.